jueves, 02 de septiembre de 2010

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"Si mantiene su excelencia en la Docencia e Investigación, Cayetano Heredia continuará atrayendo a los mejores estudiantes y su futuro estará asegurado".

Entrevista al doctor Armando Filomeno Edwards, integrante de la III Promoción de Medicina 1965 Alberto Hurtado. El doctor Filomeno inició sus estudios de medicina en San Fernando y los concluyó, como alumno fundador en nuestra Universidad, por su tesis recibió el Segundo Premio Merck en 1967 y el Premio de Fomento a la Cultura Hipólito Unanue en 1968. Su formación en neurología y en neuropediatría la recibió en los EE.UU., como médico residente y fellow en el Hospital Strong Memorial de la Universidad de Rochester y como fellow en el Hospital Johns Hopkins. Desde su regreso al Perú ha estado vinculado a la enseñanza universitaria. Es neurólogo asesor fundador de la Asociación Peruana de Déficit de Atención (APDA) y de la Asociación Síndrome de Tourette del Perú (ASTP); y miembro del Professional Advisory Board de la AD/HD Global Nertwork.

¿Cuáles fueron sus motivaciones para estudiar medicina?

Decidí estudiar medicina luego de haber pensado durante años -cuando vivía en la hacienda Tumán, administrada por mi padre-, ser ingeniero agrónomo como él; la causa del nuevo rumbo fue el interés que despertó en mí el curso de anatomía en tercero de media, enseñado por un médico. Probablemente también influyó que un hermano de mi padre fuera un importante pediatra y profesor de parasitología en la facultad de medicina.

Tal vez sea de más interés relatar por qué decidí ser neurólogo, pues tiene mucho que ver con la historia de nuestra universidad. Después de la fascinación que sentí por la neuroanatomía en segundo de medicina en San Fernando, cuyo curso quedó inconcluso por la renuncia de los profesores en 1961 -y que completé con la lectura de Strong and Elwyn’s Human Neuroanatomy, el brillo de don Julio Oscar Trelles me llevó a asistir al Hospital Santo Toribio de Mogrovejo, aprovechando el receso que se produjo. Las magistrales discusiones de los pacientes que le presentaban al profesor, y las sesiones de corte de cerebros de los sábados por la tarde -que él personalmente efectuaba- fueron una experiencia que cimentó mi interés inicial en esta especialidad.

Cuando tres años después Trelles viajó como embajador a Francia, empecé a asistir en mis vacaciones y ratos libres al servicio de neurología del Hospital Obrero, fundado y dirigido por don Jorge Voto Bernales -un excelente neurólogo clínico que se hizo cargo del curso de neurología en Cayetano Heredia en forma interina-, quien se convirtió en mi maestro durante los siguientes tres años, hasta mi viaje a los Estados Unidos. Con él, años después, colaboré en la docencia neurológica en nuestra universidad cuando asumió la jefatura del departamento de neurología en la segunda mitad de la década de los años setenta. Debo también mencionar que el breve período que pasé en el servicio de Susi Roedenbeck, durante mi internado, acrecentó en mí el interés por la neurología pediátrica que había sido despertado por mis lecturas, y que dura hasta la actualidad.

¿Puede señalarnos algunas vivencias de su vida universitaria?

El hecho que marcó a mi generación fue la crisis en San Fernando -que se había convertido en una de las mejores facultades de medicina de Latinoamérica- debido a la injerencia de la política en la vida universitaria, y que dio lugar a la fundación de Cayetano Heredia. Al igual que muchos de quienes decidimos convertirnos en los alumnos fundadores de la entonces llamada Universidad Peruana de Ciencias Médicas y Biológicas -siguiendo a nuestros profesores liderados por Alberto Hurtado y Honorio Delgado- tuve en el momento inicial la sensación de que las autoridades políticas de entonces podrían frustrar mi deseo de ser médico, pues influyentes personajes intentaban que la nueva escuela de medicina no prosperara. Recuerdo con mucho cariño el ambiente de camaradería que reinaba entonces y la gran generosidad de los docentes fundadores, a quienes tanto debemos; los profesores no cobraban por su trabajo -salvo quienes laboraban a dedicación exclusiva-, y muchos de ellos costeaban a los alumnos la cena anual de la universidad. Tuvimos la fortuna de recibir una educación médica personalizada y ningún alumno dejó de estudiar a causa de problemas económicos en su familia.

Una anécdota digna de ser contada es que yo estudié los cursos de medicina y cirugía en el Hospital Dos de Mayo -y no en el Loayza-, porque en mi casa se compraba en esa época el diario La Prensa -y no El Comercio-, pues el aviso que convocaba a la reunión para escoger la sede hospitalaria salió publicado en este último. Sin embargo, no puedo quejarme, pues tuve la suerte de tener excelentes profesores entre quienes estaban René Gastelumendi, Hugo Lumbreras, Guido Battilana, Ramón Jáuregui, Raúl León Barúa, Alberto Ramírez Ramos, Luis Carrillo Maúrtua, René Figari, y muchos otros cuya sola mención ocuparía gran parte del espacio asignado a esta entrevista. Otros inolvidables profesores que tuve en la universidad fueron don Enrique Encinas -a cuyo laboratorio de neuropatología del Hospital Larco Herrera asistí durante un verano-, Jaime Romero y Ernesto Bancalari, a quienes debo mucha de mi formación neurológica de pregrado.

No puedo dejar de mencionar al recordado inmunólogo José Arana Sialer, con quien hice mi tesis sobre la miastenia gravis, que me permitió ganar el segundo premio entre las tesis de la universidad, y más adelante el Premio de Fomento a la Cultura Hipólito Unanue del Ministerio de Educación. Durante la preparación de la tesis y en los meses posteriores conversé con él innumerables veces, pero sólo dos veces por teléfono y en ambos casos el diálogo quedó inconcluso; la primera vez la interrupción se debió al terremoto del 17 de octubre de 1966 y la segunda vez, a que el director de mi tesis -al comunicarme, consternado, el fallecimiento de su abuelo, a quien yo había conocido en mi niñez-, desarrolló una hemiplejia y no le fue posible continuar hablando. Cuando lo visité en la clínica del Hospital Loayza poco antes de mi viaje a los EE.UU., tratando de encontrarle humor a la desgracia acordamos no volver a hablar por teléfono... para no provocar una catástrofe universal...

Tuve la suerte de tener compañeros de estudios y amigos de la categoría de Humberto Guerrra, Humberto Rossi, Renato Alarcón y Genaro Herrera, entre muchos otros; con los dos últimos estuve entre los fundadores de la Sociedad Estudiantil de Neurología y Psiquiatría -de breve duración- de la que fui el primer presidente. A la inauguración de esta agrupación asistieron autoridades y profesores de la universidad y distinguidos profesionales, además de un grupo numeroso de alumnos.

Un último recuerdo de gratitud es hacia don Alberto Hurtado -el padrino de mi promoción médica- quien me recomendó enérgicamente que aceptara hacer mi residentado de neurología en el Hospital Strong Memorial de la Universidad de Rochester, donde él había estado tres décadas y media antes, por ser una institución del más alto nivel académico; me dijo que él había ido a Rochester por un año y se había quedado tres. Lo anecdótico de la conversación que tuvimos fue que me dijo que se trataba de “un hospital nuevo” y menos de diez años después éste ya había sido demolido y reconstruido.

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