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PRESENTACIÓN

  HIPÓCRATES EN LA VIDA DE DANIEL A. CARRIÓN, TRIUNFAL Y TRÁGICA LEYENDA EN LA VIDA DE UN PERUANO REAL  

Por : Dr. Uriel García Cáceres

Profesor Emérito - UPCH

 

Nota del Comité Editorial: En reciente ceremonia por el Día de la Medicina Peruana, el Dr. Uriel García ofreció una conferencia magistral con el título de este artículo, considerando su valor y la gentileza del autor, la publicamos en este número, pero por su extensión lo hacemos en dos partes, la primera parte puede ser revisada en el Boletín XXII.

Segunda Parte: La ciencia es eterna

Los gérmenes causantes de las enfermedades microbianas siempre existieron. Los dinosaurios las padecieron y antes que ellos, hace millones, otros seres vivientes, también. La presencia de los gérmenes llamados patógenos, porque producen estados patológicos en los organismos en los que se alojan, están presentes en la faz de la tierra con iguales oportunidades de supervivencia que los otros seres vivos. Esa lucha por la supervivencia fue vista con objetividad en la segunda mitad del siglo XIX; primero con el postulado teórico genial de Darwin, luego por Virchow al demostrar que la célula era la unidad vital, poco más tarde Bernard con los intercambios fisiológicos a través de mensajeros químicos aportaría a la creación de la ciencia biomédica. Pero el hallazgo más sensacional, el que conmovió al mundo entero, el que usó por primera vez las facilidades – incipientes y aún lentas – de los medios de comunicación como el telégrafo, fueron precisamente los hallazgos del francés Louis Pasteur (1822-189) o de su rival alemán

Robert Koch (1843-1910) al demostrar que los microbios causaban las temidas enfermedades infecciosas. Sus fracasos o triunfos eran comentados y discutidos a veces con apasionamiento chauvinista, por la prensa o las gentes comunes y corrientes.

Carrión, como todos los de su generación, ignoraba esta última fase de los descubrimientos microbiológicos hasta que llegaron repentinamente, en enero de 1884 cuando terminó la ocupación enemiga. Esas nuevas sacudieron las conciencias de todos los peruanos especialmente la de los jóvenes imaginativos. Los chilenos habían cerrado los puertos peruanos, de abril de 1879 a diciembre de 1883, a todo intercambio comercial o de información. Además, depredaron la Biblioteca Nacional, las instalaciones de Facultad de Medicina, especialmente las ricas colecciones biológicas y de minerales de Antonio Raimondi. Dejar sin las fuentes de cultura a un pueblo es el acto vandálico más reprobable y atenta contra el evangélico mandato de ars longa (la ciencia es eterna) que Hipócrates postuló. Hasta ahora, si un estudioso de la historia peruana quiere hacer un acopio de fuentes bibliográficas o documentales, debe viajar a Chile. Dicho sea de paso, Carrión y sus compañeros fueron víctimas y testigos oculares de este saqueo de la Biblioteca Nacional.

La ciencia, la técnica o el arte son eternos. Mejor dicho la verdad es eterna, el mandato es tratar de buscar la verdad que es inmanente a la actividad humana, especialmente en los ambientes académicos. Hay buscarla en la biblioteca, en el laboratorio o en el campo abierto. Las noticias llegaron de Europa dando cuenta que Koch había postulado que para demostrar que un determinado microbio es el causante específico de una enfermedad era preciso comprobar que la enfermedad, que se quería estudiar, era inoculable. Seguidamente había que demostrar en el enfermo o en el cadáver la presencia de un microorganismo; para esto había que aislar de la sangre, órganos o tejidos una bacteria, parásito o virus. Luego había que reproducir la misma enfermedad en un animal de experimentación la misma enfermedad y, en ese mismo animal, encontrar nuevamente el germen. Carrión leyó esto y se encandiló.

La ocasión es fugaz

En julio de 1885, se inauguró la Academia Libre de Medicina que fue organizada por los antiguos profesores de la Facultad de Medicina que habían sido despojados de sus cargos por el gobierno del General Miguel Iglesias, el mismo que firmó el humillante tratado de paz. En la ceremonia de esa inauguración, asistió todo el mundo médico de Lima incluyendo Carrión, allí se anunció la convocatoria a un concurso para la realización de un trabajo científico sobre Verruga Peruana, abierto a estudiantes o médicos. Los tópicos podían ser la etiología, anatomía patológica, distribución geográfica o características clínicas.

Era una ocasión que se le podría ir de las manos si no se aventuraba a tentar el premio. Notaba la segregación en todo momento. Sus compañeros organizaron una hermandad formada por estudiantes de años superiores, como él, y por médicos recién graduados; pero, a él no invitaron a participar allí. El objetivo de la Unión Fernandina, así se llamó esa agrupación, era promover la reconstrucción nacional y, sobre todo, estimular avance de la medicina. Fundaron una revista, La Crónica Médica , cuyo primer número salió en enero de 1884. Para pertenecer a la Unión Fernandina había que demostrar excelencia académica; pero, aunque no estaba escrito en los estatutos, había que tener facciones que denotasen “superioridad” racial.

El estado de calamidad en el que todas las actividades de la nación peruana estuvieron sumidas no aseguraba oportunidades para desarrollar ninguno de los tópicos en los que se podría concursar, para ganar el premio convocado por la Academia. En abril de 1884, cuando se reabre el antiguo local de la Facultad de Medicina, el decano tuvo que publicar un aviso, en los diarios, solicitando a los alumnos a llevar sus propias sillas, ya que no había ni donde sentarse. Por supuesto que no existía ningún implemento para desarrollar un trabajo científico y menos estudiar la distribución geográfica de la verruga peruana. Como si todo esto no fuera suficiente, en junio de 1884, la Facultad de Medicina colapsó; ya que fue atropellada por el dictador Iglesias. El decano fue enjuiciado por un supuesto desacato al Jefe Supremo y casi todos los profesores obligados a renunciar, para ser reemplazados por improvisados profesionales, sin los títulos académicos requeridos.

Cuando, en su nativa Cerro de Pasco, alguien intuía la existencia de una veta de precioso metal se abalanzaba sobre ella, sin pensarlo dos veces. El tiempo se encargaría de demostrar la verdad. ¡ Paciencia y baraja ! Cuando leyó que Koch postuló que el primer paso para demostrar la naturaleza microbiana de una enfermedad era la susceptibilidad de ser inoculada, es decir reproducida, de un ser viviente a otro. Eso sólo bastaría para ganar el concurso: demostrar que era inoculable, que los adefesios que habían sido postulados hasta entonces como posibles causas de la enfermedad no eran ciertas.

De reojo había visto la posibilidad de demostrar que la verruga era inoculable y que eso de creer que la “Fiebre de la Oroya” era una enfermedad distinta, producida por miasmas desprendidos de las canteras de los cerros del paraje del mismo nombre era una monserga. Los nativos de la región sabían muy bien que esa fiebre no era sino la primera fase de la enfermedad que los españoles bautizaron como “verrugas”. Había que apurarse para demostrar la inoculación. ¡Occasio celeris!


Figura 6.- En 1880 Koch publicó este opúsculo, que fue inmediatamente acogido por el mundo entero. Las enfermedades infecciosas eran causadas por gérmenes inoculables, podían ser bacilos, cocos, espirilos, etc. El primer paso para demostrar la naturaleza microbiana de una enfermedad era inocular algún fragmento de órgano, secreción o sangre del enfermo a otro ser sano y reproducir así la enfermedad. Esta noticia llegó al Perú cuatro años más tarde, en 1884. Aquí se muestra junto con la página del título dos grabados del mismo trabajo en los que demuestra bacilos del ántrax y estreptococos en el tejido renal de un animal inoculado.

La deducción difícil

Colegir después de observar los hechos que uno espera encontrar es una tarea que requiere un esfuerzo deductivo muy eficaz. Carrión decidió inocularse él mismo desde que no había la menor posibilidad de realizar un trabajo usando animales de experimentación. Un año antes, alguien que no vale la pena mencionarlo, punzó el abdomen del cadáver de un enfermo muerto por fiebre amarilla para extraer del estómago un asqueroso mal oliente líquido negruzco. Esta operación fue realizada en el cementerio cuando el cadáver en vías de putrefacción estaba siendo enterrado. Ese líquido fue inoculado a tres cobayos, las pobres criaturas murieron instantáneamente. La literatura no consignó jamás que esa fuera una prueba de la inoculabilidad de la fiebre amarilla.

Carrión con imaginación creativa, superior al medio que lo rodeaba, quiso superar la falta de recursos con una dosis de audacia. Escogió la secreción sanguinolenta de un botón característico de la enfermedad conocida como “verruga peruana”, de un enfermo hospitalizado. Así se autoinoculó y para esto usó una lanceta de vacunación antivariólica, esa misma que, desde principios de ese siglo, se usaba para arañar la piel con los bordes filudos de ese instrumento previamente humedecidos con el fluido vacuno para producir la lesión papulosa que Jenner reprodujo por primera vez, en 1798. Hasta allí llegó su experiencia personal, como estudiante había visto practicar esta sencilla operación y, con seguridad, él mismo la había realizado. No había necesidad de complicadas instalaciones ni de sofisticados procedimientos o microscopios; los pocos que existían, ya antiguos, fueron robados por los chilenos, de la universidad. Si, como él esperaba, se reproducíría la enfermedad en su propio cuerpo, nadie podría objetar la validez de la demostración. En efecto la bartonellosis tiene una fase de brote cutáneo tan característica, que con un mínimo margen de error, se le puede reconocer sin necesidad de un procedimiento analítico. Claro está que eso se requiere en la actualidad, pero, en esos días como un primer paso para demostrar la naturaleza microbiana de la enfermedad su autoinoculación era suficiente.

 


Figura 7.- La lanceta para la vacunación antivariólica fue hasta las primeras décadas del siglo XX la misma que se usó para la sangría. Carrión, con toda probabilidad, usó una similar a la aquí mostrada. Humedeció la extremidad puntiaguda con la sangre que brotó de una verruga de color rojo situada en el arco superciliar derecho, del niño indígena de 14 años, Carmen Paredes, hospitalizado en la sala de párvulos del Hospital “2 de Mayo” (Fue la primera sala en abrirse después que los chilenos se fueron, dejando depredado ese nosocomio); luego le pidió a su amigo médico Evaristo Chávez que le inoculase en cada brazo cerca del sitio en que se hace la vacunación (sic). Grabado de un texto de Johann Schultes (1595-1645), citado por: Lois N. Magner, A History of Medicine. Marcel Dekker, New Cork, 1992.



Figura 8.- Un compañero de promoción de Carrión, el doctor Ernesto Odriozola, publicó en 1898, La Maladie de Carrión ou la Verruga Péruvienne (Georges Carré et C. Naud, París). Fue una suerte de presentación en la sociedad científica mundial de la interesante enfermedad. Para entonces aún no se conocía su etiología microbiana. Sin embargo, utilizando la técnica enciclopedista de presentación de un problema médico, Odriozola, discutió los aspectos históricos, epidemiológicos, geográficos, clínicos y anatomopatológicos. La presente ilustración muestra a un enfermo muy similar al que Carrión usó para inocularse. (Planche VII, Odriozola).

Carrión, desarrolló una progresiva enfermedad febril, con gran postración, la que se inició aproximadamente 12 días después de la inoculación. Poco a poco su cuadro se acentuó, apareciendo luego deposiciones sueltas y descenso de la temperatura. Parece que hubo taquicardia. La sala del Hospital donde se inoculó estaba a cargo del doctor Leonardo Villar, vicepresidente de la contestataria Academia Libre y notorio líder de la oposición contra la actitud del presidente de la república que quiso nombrar sin concurso al obstetra de su señora. Villar como casi todos, menos dos, renunciaron. Asistente en la sala del experimento era el joven médico Evaristo Chávez. Ninguno de los dos tuvo el gesto de interesarse por la salud del cholito Carrión, salvo en artículo de muerte, no fue examinado ni se le recetó por consejo profesional durante todo su martirizante proceso. Por eso la noticia que apareció en la revista El Monitor Médico , en agosto de 1885, parece un sarcasmo. La figura 9 muestra una reproducción de esa nota en la que no se consigna el nombre del protagonista del experimento y ofrece hacer un seguimiento sobre los resultados.


Figura 9.- Esta noticia apareció en la sección Variedades del Número 6, Año I, de El Monitor Médico , el 1º de setiembre de 1885; o sea unos días después de la inoculación que se produjo el 27 de agosto. Esa revista, de efímera vida, era publicada por la Academia Libre de Medicina como: (sic) Órgano de los intereses científicos y profesionales del Cuerpo Médico.
 

No existe evidencia probatoria que lo que Carrión reprodujo en su cuerpo fuera la fase septicémica de la bartonellosis, la que por esos días se le conocía con el confuso denominativo de “fiebre de la Oroya”. Hay, eso sí, algunos hechos que favorecen dicha posibilidad. En primer lugar, la anemia que fue descubierta y certificada por el doctor Ricardo Flores. Este profesional hacía poco que había regresado de Francia, se trajo un microscopio compuesto (el único que existió en el Perú de esos días) y todos los implementos para realizar recuentos globulares en sangre. Carrión, dos días antes de morir tuvo un millón 100 mil glóbulos rojos por milímetro cúbico. Es una anemia que sólo se ve en casos de bartonellosis. Pudo ser un raro caso de malaria, pero la sintomatología y el tratamiento, que está documentado que recibió, con suficientes dosis de sulfato de quinina eliminan esa posibilidad. Otro argumento a favor de “verruga” son las diarreas que padeció, ya que en el clímax de la enfermedad hay inmunodeficiencia y los enfermos morían con infecciones intestinales oportunistas, antes del advenimiento de los antibióticos.

La prueba plena de la causa de la muerte de Carrión debe estar en sus propios restos mortales, mejor dicho, en lo que queda de su osamenta y, a lo mejor, alguna piltrafa de tejido blando. Se sabe que sus huesos y tejidos fueron objeto de innobles manipulaciones, producto de incofesables deseos de protagonismo, al ser exhumados para trasladarlos al cenotafio donde ahora se encuentran, en el Hospital Dos de Mayo.

Judicium difficile. Pero, para los que se quedaron atrás después del aleccionador acto de Carrión, es difícil juzgar esa figura que dejó una estela de sacrificio. Claro está que él prendió una antorcha que no ha dejado de arder e iluminar, dicho en el mejor sentido. La memoria de su sacrificio ha estimulado el progreso de biomedicina peruana. Con alguna demora, pero con perseverancia, cada nuevo avance en la tecnología diagnóstica o en la correlación anátomo fisiológica que ocurre en la biomedicina, es inmediatamente usado o incorporado, en el Perú, para el estudio de la Enfermedad de Carrión . Desde el descubrimiento del germen causante o su cultivo al estado puro o el uso de antibióticos o la observación al microscopio de luz o electrónico de los tejidos hasta las últimas tecnologías de patología molecular han sido incorporadas en el medio peruano primero para ser estudiadas en esa enfermedad “nacional”.

Sin embargo la figura misma de este estudiante de medicina ha sido distorsionada. Su biografía y la historia de sus actos han sido tergiversadas para adaptarlas a las creencias filosóficas y culturales de sus panegiristas. Se le ha presentado como el exponente máximo de la cultura científica nacional, lo que no es exacto desde que su formación científica fue defectuosa, como no podía ser de otra manera, en las circunstancias trágicas de la historia nacional en las que él estudió. Otros postularon que él fue un adalid del “positivismo”, supuestamente izquierdista, cuando en realidad Daniel fue víctima de los positivistas, en vida fue segregado, después de muerto con las facciones y su historia cambiadas se le rindieron y hasta ahora se le rinden toda suerte de honores. Hay que recordar que, en 1849, Carlos Marx y Federico Engels aplaudieron sin reservas la invasión yanqui a México basados en la inferioridad racial de los mejicanos; para un pueblo así, ser invadidos por los yanquis, es un paso adelante , dijeron. Extraña paradoja porque los racistas, ultra conservadores del mundo entero, como los del KU KUX KLAN, pensaban lo mismo y jamás Darwin lo hubiera imaginado.

Un signo emblemático de esa manera de pensar y que, en gran medida persiste hasta el presente tiempo, es lo que ocurrió cuando, a fines de octubre de 1885, la revista La Crónica Médica , el órgano de la “Unión Fernandina”, que agrupaba mayoritariamente a los que pensaban dentro de las doctrinas del positivismo científico. En efecto en ese número, dentro de la exaltación póstuma de la figura de este cholo provinciano que había sacudido a la opinión pública nacional, inclusive a la mundial, había que presentarlo físicamente con un retrato. La magnífica y auténtica fotografía, del consagrado retratista francés Courret les sirvió a los editores de esa revista para mandar elaborar un grabado, Figura 10. Pero, según la manera de pensar de la “gente decente”, aún ahora, nadie con esa pinta podía haber hecho algo que valiera la pena, menos un descubrimiento científico o un acto heroico. Es así que sus facciones fueron cambiadas hasta transformarlas en un verdadero “alguien”.

 Figura 10.- El grabado de La Crónica Médica fue realizado colocando el retrato fotográfico de cara a la plancha de zinc, por eso que hay una transposición óptica, como si fuese un espejo; por ejemplo la raya del pelo está en lado distinto. Este mismo retrato retocado fue usado por Ernesto Odriozola, compañero de clase Daniel en su celebrado libro, en francés, titulado La Maladie de Carrión.

Daniel Alcides Carrión merece un recuerdo más auténtico, no solo en su figura física, sino en el significado real de su vida y su acción. El fue un auténtico peruano, imaginativo y audaz, atrevido hasta la imprudencia, enseñó que cuando hay realizar un experimento usando humanos como conejillos de indias el primero en ser experimentado debe ser el propio investigador. Sin mucha ciencia, con sinceridad transparente, señaló una ruta que hay que seguir.

 

 
Facultad de Medicina de la Universidad Peruana Cayetano Heredia
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