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PRESENTACIÓN

  HIPÓCRATES EN LA VIDA DE DANIEL A. CARRIÓN, TRIUNFAL Y TRÁGICA LEYENDA EN LA VIDA DE UN PERUANO REAL  

Por : Dr. Uriel García Cáceres

Profesor Emérito - UPCH

 

Nota del Comité Editorial: En reciente ceremonia por el Día de la Medicina Peruana, el Dr. Uriel García ofreció una conferencia magistral con el título de este artículo, considerando su valor y la gentileza del autor, la publicamos en este número, pero por su extensión lo haremos en dos partes.

Primera Parte: Un peruano real

La vida trágica de un estudiante de medicina que irrumpió en el medio social y científico del Perú de fines del siglo XIX en el momento dramático del esfuerzo nacional por superar un estado posbélico (Guerra Perú con Chile, 1879-1883) tras una amarga derrota, ocupación militar, depredación de sus recursos económicos y pérdida de un extenso territorio rico en minerales. Daniel Alcides Carrión (1857-1885) - nacido en una población minera, a un poco más de 4 mil metros de altitud sobre el nivel del mar, de rasgos culturales y genéticos nativos - realizó un audaz experimento médico en su propio cuerpo, sucumbiendo como víctima de la inoculación con el producto sanioso extraído de un enfermo con “verruga peruana”. Su muerte, el experimento que le costó la vida y el significado de su audacia fueron, inmediatamente después de su muerte, objeto de aprovechamiento ventajista por dos grupos de médicos políticamente enfrentados. Hubo, entre esos dos bandos, un intercambio de denuestos y acusaciones que lo colocaron, post mortem, en el primer plano de la atención pública. Así este aprendiz de investigador científico adquirió fama que trascendió las fronteras. Sobre su cadáver se diputaron el derecho a protegerlo, después de haberlo ignorado cuando inició su experimento y durante la penosa enfermedad, y agonía, que padeció.

 

Fotografía de Courret realizada en 1880. Su elegante vestimenta muestra signos de prosperidad económica. Fue tomada el año de su ingreso a la facultad de medicina y está dedicada a su padrastro, con quien le unía un gran y enaltecedor cariño.

 

Hipócrates, el Tótem de la Medicina

Hipócrates, “El Tótem de la Medicina”, es la figura representativa de la profesión médica del mundo. Su vida y obra están envueltas en una bruma de leyendas desde que no existe documentación fehaciente que sustente su existencia real. Los hechos atribuidos a él son actos de fe. Entre los supuestos escritos atribuidos a Hipócrates hay algunos que tienen la categoría de evangelios, por el vuelo filosófico que demuestran así como por el mensaje imperecedero de comportamiento moral y deontológico, no tanto es así por el valor científico de los mismos. Uno de esos, digno de comentar para este trabajo, es el Aforismo I, de la Sección 1ª de la obra: Aforismos , cuyo texto dice: La Vida es breve; la ciencia es eterna; la experimentación peligrosa; la ocasión fugaz; la deducción difícil. Es deber del médico actuar adecuadamente no sólo en lo que a él le concierne sino en asegurar la cooperación de su enfermo, de los que lo atienden y de todos los agentes externos.

Un simple estudiante de medicina peruano afloró a la fama reproduciendo en su propio cuerpo aquello de lo fugaz que es la vida, de la permanente vigencia de los postulados científicos, de lo peligroso que es experimentar, de lo elusiva que es la ocasión y de la difícil deducción dentro de la incipiente ciencia de su tiempo. Quizás no exista en toda la historia de la medicina un ejemplo de tan clara identificación con ese evangélico postulado, de hace más de dos mil años supuestamente dictado por Hipócrates, de quien, como de Jesús, no se tiene sino en la fe la prueba de su real existencia.

 Retrato de Hipócrates, imaginado por un artista bizantino, del siglo XIV, realizado para ilustrar una traducción de las obras atribuidas a él. Existente en la Bibliothéque Nationale de París. Ha sido reproducido de The Aphorisms of Hippocrates, with a Translation into Latin, and English, by Thomas Coar. 1822, A. J. Valpy, London. Conviene anotar que en las primeras décadas del siglo XIX estuvo de moda traducir, directamente del griego original a idiomas modernos, los escritos de Hipócrates, no como insumo para la historia de la medicina sino como textos de enseñanza. Esto, demuestra el pobre avance que la medicina había alcanzado hasta entonces.

La vida es breve

Carrión vivió 28 años. Vaya si su vida fue breve. Falleció justamente cuando comenzó a hacer planes para ir a Europa, a Francia, a mejorar la escasa calidad de sus conocimientos académicos y cuando reflexionaba sobre la importancia de la superación para sobresalir del resto de la sociedad. La misma que lo marginó, por su fisonomía y manera de ser nativa. Murió cuando trataba de obtener la medalla de ganador en un concurso para el mejor trabajo científico sobre una enfermedad andina, la que sus paisanos, nativos de las inhóspitas alturas de su pueblo natal temían que los matara, cuando bajaban a las quebradas templadas; porque, ellos eran atacados por la bartonellosis andina. A esa enfermedad, por esos años, se le conocía con los confusos denominativos de “verruga peruana” y “fiebre de la Oroya”, nombres que reflejaban la completa ignorancia, que se tenía, sobre su real naturaleza.

Daniel Alcides Carrión nació como producto de una aventura amorosa extramatrimonial de sus progenitores. Fue el típico caso del hijo no reconocido de un padre aventurero. La madre, una adolescente nativa, de 17 años, cuando concibió a Daniel, fue seducida por un inmigrante ecuatoriano casado previamente con una dama de la ciudad de Huancayo, establecida en esa ciudad.

Daniel nació en la ciudad de Cerro de Pasco, en 1857 que en esa década era un foco de atracción económica de la mayor importancia. Eran los tiempos en los que la minería, después de la consolidación de la república independiente, comenzó a revivir de las cenizas de la hecatombe producida por las luchas intestinas que siguieron a la independencia.

Cerro de Pasco era la segunda ciudad en importancia económica del país, lo fue hasta casi fines del siglo XIX. Situada a un poco más de 4 mil metros de altitud sobre el nivel de mar, en medio de una confluencia de tres cadenas de agrestes montañas de los Andes, en el centro geográfico del Perú. Hasta la llegada del ferrocarril a fines de la década de 1890, era un sitio de muy difícil acceso. Sin embargo en la época de Daniel Carrión era una extraordinaria ciudad, sin un plano urbano con calles y plazas, ya que había crecido en la medida que los yacimientos mineros artesanales fueron apropiados por los buscadores de ricas vetas de mineral argentífero. Además había una mezcla de residencias muy cómodas y confortables al lado de tugurios infrahumanos, sus habitantes eran de los cuatro confines del Perú y del mundo. Había bares, burdeles, garitos, casas de juego y toda clase de establecimientos comerciales que vivían de la prosperidad económica de los mineros. Cuentan los viajeros que el consumo de licores finos importados era inmenso y que se vendía ropa importada de la última moda europea y toda clase artículos de lujo.

La familia de la rama materna de Daniel tenía un negocio de una mediana prosperidad. Su madre fue una mujer de escasa cultura pero con deseo de superación extraordinario y con un enternecedor afecto por su hijo, fruto de sus amoríos juveniles. Carrión pasó su adolescencia en ese medio, conoció del fatalismo de sus gentes, habitantes de una ciudad donde el dinero fácil cambiaba de manos con extraordinaria rapidez, en pos de ganancias o pérdidas súbitas. Con fatalismo, en los juegos de azar se perdía hasta la camisa y, a veces, la vida misma.

Middendorff, fue un médico y erudito humanista, que estudió la realidad peruana durante la segunda mitad del siglo XIX. Hizo una vívida descripción de la ciudad de Cerro de Pasco. Tomado de Middendorff, E. W.: PERÚ, observaciones y estudios del país y sus habitantes durante una permanencia de 25 años . Tomo III, La Sierra. Primera Versión Española. Universidad Nacional de San Marcos, 1974.

Fue traído, por su padrastro, a Lima para completar su escolaridad. Se le matriculó como alumno interno en el llamado Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, que para 1873, año de su inscripción, era el mejor centro estatal de instrucción secundaria. Los hijos de la elite provinciana eran matriculados en ese centro, en el que se impartía enseñanza de gran calidad con maestros calificados.

Esos años fueron los del triunfo del primer partido político organizado por civiles, con ideario doctrinario y con planes de acción, como nunca antes había existido desde el inicio de la vida independiente. Ese partido se llamó Civilista , precisamente para contraponerse al militarismo que durante medio siglo había, inorgánicamente, gobernado el Perú. La doctrina filosófica social de este partido era la propugnada por Herbert Spencer (1820-1902) y sus derivaciones. Una de estas era la adaptación del “positivismo científico” a la teoría de la selección de las especies biológicas. A esto se llamó el “darwinismo social”, manera de pensar que tuvo un gran impacto favorable entre los racistas derrotados en la Guerra Civil de los Estados Unidos de América. Según los darvinistas sociales había que admitir la existencia de razas humanas biológicamente superiores e inferiores; las últimas constituían un lastre para el desarrollo nacional. Esos fueron los ideólogos del Partido Civil que, cuando el adolescente Daniel Carrión llegó a Lima, había llevado a la presidencia de la republica a Manuel Pardo. Hay que recordar que Pardo fue entronizado en la presidencia de la república después de una asonada popular que masacró al grupo de retrógrados militares que intentaron desconocer el resultado de las elecciones. Cuando en 1878, en noviembre, Manuel Pardo, que ya era ex-presidente de la república y presidente del Senado, fue asesinado, Carrión cursaba el segundo año de estudios en la Facultad de Ciencias de la Universidad de San Marcos.

Dos aspectos de la ciudad de Lima en los tiempos de Carrión. Los techos de las casas eran planos, sostenidos por vigas de madera y rellenos con tortas de barro. Nunca llovía como en la sierra y jamás la temperatura bajaba por debajo de 11 grados C sobre 0. La humedad, en invierno o verano es cercana al 80%. En comparación en Cerro de Pasco llueve y nieva todo el año, la humedad es de 40% y el agua hierve a 70 grados C. En el grabado inferior se observa la calle paralela al jirón Callao donde Daniel Carrión vivió y de donde, gravemente enfermo, fue conducido en una camilla, por dos fornidos cargadores, hacia la Maison de Santé, el 4 de octubre de 1885, falleciendo allí al día siguiente.

En abril de 1879, coincidiendo con la declaratoria de guerra con Chile, rindió el examen para el ingreso a la Facultad de Medicina. Fue rechazado, el presidente del jurado examinador era el doctor Celso Bambarén, quien además era el ideólogo del partido civilista, fue además introductor en el país de las ideas de Auguste Comte y de Herbert Spencer. Todos los universitarios, especialmente los alumnos de medicina, eran fervientes civilistas, mejor dicho darwinistas sociales. Al año siguiente, Carrión, en abril de 1880, volvió a tentar suerte, esta vez se aseguró su presencia en el medio hostil al donar un puño de oro de bastón y una libra de oro para la colecta nacional con el fin de comprar un nuevo buque de guerra; también se inscribió como militante en el partido Civil, el de las mayores preferencias de los miembros médicos, estudiantes y maestros, de la facultad; especialmente y el del presidente del jurado examinador, Bambarén.

Estudió Medicina en las condiciones más desafortunadas. Su primer año, cursó cuando todos los recursos de la nación estaban dedicados al esfuerzo bélico. Profesores y alumnos de años superiores estaban en el teatro de la guerra, a miles de kilómetros al Sur del entonces enorme territorio nacional, combatiendo o colaborando en las ambulancias para atender a los heridos, en las desastrosas derrotas en el teatro de guerra en Tarapacá y Arica. Así cursó el primer año, 1880, cuando el ejército peruano del Sur colapsó y todos los limeños sabían que el enemigo chileno invadiría la capital de la república, para consolidar sus triunfos iniciales. Durante la segunda mitad de ese año la flota chilena bloqueó todos los puertos del litoral, bombardeó cotidianamente el Callao e hizo participar en esas acciones al reconstruido blindado Huáscar, el buque insignia que le fue arrebatado al Perú, en la batalla de Angamos. Todos se preparaban a rechazar la invasión que debía realizarse los primeros días de 1881.

En los últimos meses de 1880 se organizaba, febril pero atropelladamente, la defensa de Lima. Se creó batallones alrededor de algún distinguido ciudadano, el que generalmente erogaba los gastos para su equipamiento, junto con los improvisados jefes y oficiales de la plana mayor. Así surgió el batallón “13 de Diciembre”, en recuerdo del golpe de estado de Nicolás de Piérola que lo llevó al poder, el año anterior. Daniel Carrión figura en la plana mayor de ese batallón, como abanderado; el jefe fue don Francisco M. Fernádez, con el grado de coronel. Para ser abanderado se necesitaba tener un coraje a toda prueba, ya que el porta estandarte de la bandera, durante los combates, era el blanco preferido del enemigo.

El segundo año lectivo Daniel Carrión (1881) lo cursó en las condiciones más increíbles. El local de la Facultad de Medicina, el mismo que fue construido por Hipólito Unánue, en la Plaza Santa Ana, fue depredado por el enemigo y confiscado para servir de cuartel. El decano y secretario de esa facultad, al maliciar ese despojo, sustrajeron, con anticipación, los archivos y los libros de matrícula. Las clases fueron dictadas en el domicilio de los profesores y las prácticas en los vetustos hospitales Santa Ana y San Bartolomé, ya que el Hospital “Dos de Mayo”, el mejor de la ciudad, fue confiscado por las tropas de ocupación para sus propias necesidades.

Carrión vivió en las condiciones más precarias, después de la toma de Lima, por el ejército chileno. Su hermano materno, Teodoro Valdivieso, menor que él, fue matriculado como lo fue él, en el Colegio de Guadalupe.

 

 

Composición fotográfica con los retratos del cuadro superior del Batallón “13 de Diciembre”. En la fila inferior, al centro, está el retrato de joven “abanderado”, entonces de 23 años, de baja estatura. Con seguridad que los vistosos uniformes que lucen los jefes y oficiales, incluyendo el de Daniel, fueron costeados por cada uno de ellos. A Carrión nunca le faltaron recursos para vestir bien. Recuérdese que obsequió un puño de oro para bastón en la colecta pública para reemplazar el “Huáscar”.

Daniel siguió con sus estudios de medicina, cursándolos en las condiciones de precariedad fáciles de imaginar. Sus profesores, aunque con gran coraje, padecían un desmoralizador ambiente, estuvieron impagos desde 1878 y sin los implementos necesarios para impartir una enseñanza adecuada. Hubo una coincidencia que disminuyó aún más la adquisición de conocimientos, tanto de profesores como de sus alumnos. Resulta que entre 1879 y 1883, se consolidaron los más espectaculares cambios de la medicina científica de la segunda mitad del siglo XIX; pero, el bloqueo naval establecido por el enemigo depredador impidió conocer los descubrimientos sobre la existencia de microbios que causaban enfermedades que los investigadores franceses y alemanes realizaron, casualmente en esos mismos años.

La vida breve de Daniel Alcides Carrión, terminó precisamente después del término de la vandálica ocupación chilena, cuando Carrión y todo el mundo ilustrado del Perú se enteró de la existencia de los microbios como causantes específicos de las enfermedades infecciosas, que lo que sus profesores le enseñaron sobre los miasmas y las putrefacciones de las heridas, era una patraña. Él como interno del hospital San Bartolomé, tuvo que atender a los soldados heridos, que morían con las heridas gangrenadas, durante la guerra civil. En una carta a sus padres de esos días exclamó: más es siempre más, paciencia y baraja… Murió impactado por las noticias de Europa, que llegaron en avalancha al abrirse las comunicaciones. El primer paso para demostrar la presencia de gérmenes en una enfermedad que se suponía era infecciosa era conocer que era “inoculable”. Se inoculó y murió de la misma enfermedad del donante del inóculo.

Continuará en el próximo número….

 
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