Aún guardo en mi memoria el olor singular y penetrante del cadaver de mi mesa de disección. Recuerdo que mi mesa era la
número 21; recuerdo los eternos días de estudio al lado de ese cuerpo; recuerdo todo lo que aprendí: cada órgano, vaso o músculo; recuerdo la desesperante ansiedad de los exámenes y la aplastante tranquilidad del anfiteatro en esas madrugadas de estudio. Recuerdo todo, o casi todo, ya que no guardo en mi memoria y en realidad nunca lo supe, el nombre de esa “persona innominada” que sin querer, después de muerta, me enseñó a nombrar tantas cosas que recién tenía la oportunidad de descubrir.
Con la anatomía entendí que me estaba haciendo médico. Entendí que en ocasiones, la forma de acercarse a la vida es por medio de la muerte. Quizás sea por esta importancia emocional y académica, que resulta imprescindible incluir en este Boletín lo acontecido durante la “Ceremonia Simbólica de Entrega de Cadáveres”.
En este último mes no sólo hemos sido testigos de esta tradicional ceremonia, los alumnos hemos visto pasar ante nuestros ojos ese espectro temporal que se renueva cada año, desde los nuevos rostros de los “cachimbos” que entraron a los salones con nuevas ideas, temores y entusiasmo; hasta los egresados, hoy nuevos médicos, quienes cambiaron por un momento la chaqueta blanca y el estetoscopio, por la camisa elegante, el terno y la corbata para participar en las Ceremonias de Juramentación de Médicos, que se ilustran en este Boletín. Y aunque muchos pensaríamos que el espectro finaliza ahí, brusca y ásperamente, nos reconforta saber por medio de esta publicación, que la línea temporal de los médicos de nuestra Facultad continúa dibujándose, reuniendo a sus protagonistas regularmente como sucedió en el Almuerzo de Camaradería de la Promoción 1974 “Homero Silva Díaz”
Ser testigo de este espectro sólo deja en mi mente una reflexión: Si queremos hacer que nuestra carrera sea una experiencia de vida (y también de muerte), con la conjunción de buenos ratos, caídas y algunos triunfos, no sólo basta disfrutar pasivamente viendo cómo se va dibujando la línea de nuestras vidas, sino que debemos convertirnos además, en buenos dibujantes . La participación de los estudiantes y de los egresados de nuestra universidad, es la que permite que el espíritu crezca y se difunda.
Que estas breves líneas sirvan para agradecer a los cientos de muertos anónimos, a los pacientes que nunca más volveremos a ver, a los maestros, egresados y compañeros a quienes debemos las verdaderas lecciones del día de hoy, aquellas que nunca encontraremos en los libros.
Nota del comité editorial: El artículo de José Carlos fue uno de los primeros que recibimos, lo que explica que no haga mención a algunas de las noticias que se publica en este número, como estamos seguros lo hubiera hecho.
José Carlos Véliz Rosas
Alumno del 5to. año de Medicina