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Cuando educar no alcanza
Imagínese el lector al frente de un ejército que combate
encarnizadamente por el control de un pueblo. De repente, suena el
teléfono. El comandante enemigo pide hablar con usted y, tras
unas frías palabras de cortesía castrense, le comenta:
"Estamos por lanzar una violenta ofensiva. Si quiere protegerse,
mueva el grueso de sus tropas al flanco derecho". ¿Le
haría usted caso?
Insólita como parece, esta situación es análoga
a la que nos plantean los comunicadores sociales, los productores
mediáticos, los periodistas, e incluso algunos artistas, toda
vez que se les critica el bajísimo nivel de calidad de los
periódicos, la radio o la televisión. No niegan los
males ni los peligros; no le quitan gravedad a sus actos ni minimizan
sus funestos efectos sobre la audiencia; incluso nos previenen de
que hay más en camino; pero, al mismo tiempo, se permiten aconsejarnos
sobre cuales son los antídotos eficaces para preservar nuestra
moral, nuestro buen gusto y hasta nuestra cordura: educarnos y usar
el control remoto.
Cada vez con más frecuencia se repite en los medios que la
educación y el ejercicio de nuestro poder de decisión
sobre los contenidos que vemos son las claves para superar el conflicto,
al punto que el propio sistema educativo -de la mano de no pocos pedagogos
de renombre y con el apoyo de muchísimos docentes bienintencionados-
ha hecho suyas las premisas organizando planes de estudio oficiales
en torno a estos conceptos. Se presume que una población bien
instruída en las argucias mediáticas y habituada a seleccionar
críticamente lo que ve y lo que lee no tendrá problemas
a la hora de librarse de las malas influencias, y allí vamos
los maestros con nuestros libritos y nuestras bien preparadas clases
dispuestos a inmunizar a los niños (los adultos contemporáneos
ya somos un caso perdido), convencidos de que, gracias a nosotros,
en un futuro no muy lejano todo será color de rosa en el éter.
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